Saturday, April 8, 2017

Amarga alegría

Es como la noche que te dijeron que dejaras de practicar el violín porque el sonido que le estabas sacando
sonaba a los llantos de un mono aullador
y antes de venir a comer tu sopita de lentejas,
Dejaste caer todo el peso de tus siete añitos
sobre el arco del violín como si fuera
un bastón, y la oíste chascar.
Todos te miraron con ojos grandes cuando te sentaste en la mesa.
Tus lágrimas eran el único brindis que rebosaban
mientras las lentejas se enfriaron
bajo la mirada de los que te amaban,
que te querían dar el don de la música.
Como siempre, guardaste silencio
y te alegraste de que sin arco,
Podrías gozar de una semana
callada.

Rota y redimida

A veces, al pasarse el tiempo,
me vuelvo extraña hacia la gente.
Me ajeno a las personas que más
me picoteaban el interés.
Al principio, puras sonrisas y esperanzas
ceden el camino a un aislamiento agobiante, ansioso e interno.
Me aparto.
Dentro de los recuerdos, me apeno.
Los hice algún mal nunca dicho.
Invento malentendidos que no se explican.
El hecho de saludar se vuelve pesado.
Los veo volver la vista.
Imagino que se ríen a mis espaldas.
Sólo con el tiempo
al verme obligada a interactuar,
veo que toda distancia se puede cruzar
con una mirada, una sonrisa, una ayuda.
No fue nada.
Nadie se molestó.
Fue un simulacro inventado por un insomnio.
Co-creamos la redención
al colaborar entre nosotros.
No haría nada si no fuera por mi comunidad.
Los necesito como el agua, como el aire.

De Regreso

Horas de viaje por las carreteras de Wisconsin para recoger
a los niños después de su visita.
La casa paterna ya no
es más que un recuerdo de olores ácridos.
En el asiento de atrás, el hermanito pregunta:
Abuelo, abuela, ¿de dónde vinimos?
y pide más chicle y una torta.
¿Por qué tardamos tanto tiempo?
No sé cómo contestarle.
El camino de regreso es recto y
no es tan largo como el camino
para paso a paso despedirnos de lo cotidiano
al dejarlos crecer.

Wednesday, April 17, 2013

Actitudes de belleza

Infelices son las supermodelos, porque suya es la anorexia.
Infelices son las sobrevivientes, porque han sido silenciadas.
Infelices son las feministas, porque observan las huellas en el techo de vidrio.
Infelices son las que lamentan en su  mes, porque son infértiles.
Infelices son los soplones, porque tan duro soplarán.
Infelices son las que ven las cosas de dolor de rosa, porque se cegarán.
Infelices son las que protestan, porque sus plietos caen sobre oídos sordos.
Infelices son las renombradas por ser vendidas, porque suyas son las portadas de las revistas.
Infelices son ustedes cuando les saquen fotos y se las tuitean y las hagan presas.
Griten y enójense, porque su belleza se manifiesta peligrosa y traicionera.  Porque así han honrado
a todas las que fueron antes.

Ustedes son las vientres del futuro.
Pero si el vientre ha perdido su contenido, ¿cómo se restaurará la identidad?
Ya no sirve para nada, excepto para ser cordado, sacado y tirado con los desechos biológicos. 

Sean perfectas, como sus madres han sido perfectas.

Cómo disimular un golpe del alma

El truco es que respires
sin que cambie el patrón del aire.
Hay que parecerles que todo sigue
igual, sin acelerar el ritmo.
No se debe frizar.  El shock se huele.
Lo peor que podrías hacer sería detenerte.
El movimiento lento se guia desde los párpados,
para que los hilos del titiritero no se noten.
Es mejor que las mariposas se acuesten,
y se dormirán.

Te mirarán cuando te levantes.  Espéralo.
Dales tus ojos, que parezcan claros.
No digas mucho.
Hablar, ya sabes, es peligroso.  Di lo mínimo.
Haz preguntas y escucha con atención.
Cuando lo mencionen, piensa en las amapolas,
en los platos limpios en el gabinete,
en las filas de trastes en cualquier tienda de segunda.
Si tienes que toser, no toques los ojos, tampoco la cara,
permítete una mirada ladeada, un segundo,
y regresa.  Tu presencia desmiente
cualquier simulacro.    

La comunión

La vida se renueva al altar.
No cabalgamos ni siquiera corremos.
Nos acercamos cabizbajos, chuecos, cojeando.
La panza gruñe, se queja
al contemplar la carne y la sangre, y con
una mordida de pan casero,
se satisfacen las ansias del alma.
En el vientre, el chamaco patea.
Le llega el sabor a través del agua amniótica.
Sigue vivo.
El sabor de trigo cosechado por manos braceras,
el vino antaño, la miel del espíritu contrito.
Las promesas nacen del perdón,
los himnos llenan los huecos del silencio, y puedo orar.
Los niños miran, grandes, grandes, y reciben la bendición.
En la rutina de comer, la vida se renueva al altar.

Monday, April 1, 2013

Oda al estrés

Ni cuenta me doy de que me acompañas
hasta que tus tentáculos me estrangulan
con garras que me hieren desde la tráchea hasta la nuca
mientras me aplastas los pulmones,
sin dejar huella alguna en el cuello.
Me ahoga el silencio de no saber qué ni dónde.

Vengo de viaje, del peor de los casos
a la crisis del presente.
Crecieron las canas durante el vuelo, y
aquí también me estás esperando
desde no sé cuando.
 Respiro y me ahogas.
¿Te soy un juego?

Las agujas me caen y desvaneces como el humo.
Me anclo en las piedras negras, en las espadas en miniatura,
en la energía chi que corre por vías libradas.
Me alejo y reflexiono en tu presencia
en el día de hoy.
Y al nombrarte, estrés, te venzo al despedirme.